AÑO NUEVO CON EL PEOR AMIGO DEL MUNDO

Foto tomada de Revue.

Me sentía deahuevísimo. Como no me tocó trabajar, llevé el carro al taller. Le compré 2 llantas y mientras las instalaban fui al mall por mi playera Quiksilver de estreno. Ábner había llamado ya 6 veces, no le contesté porque estaba en el banco, así que me dejó un mensaje: Danilín ¿estamos fijos para hoy, verdá? No me vaya a salir con que ya no, porque me mata ¡Mire que hay una de BEBAS esperándonos en la Antigua!

No había ninguna “beba” esperándonos en ningún lugar. Y sí, ¡claro que me cuestionaba por qué putas iba a pasar Año Nuevo con un pisado que decía “bebas”!

Los dos trabajábamos en el mismo call center. Cuando nos conocimos Ábner me contó que jugaba fut, armamos un partido y de ahí en adelante pedíamos los breaks al mismo tiempo para hartar juntos. Era un gran pajero respecto a dinero y mujeres, combinado con que era todo sensible, suave y salserín. Lo que sí me llegaba de Ábner era su entusiasmo. Siempre he tenido debilidad por la mara entusiasta. Él tenía 20 y muchas ganas de salir a chingar, yo tenía 26 y un chingo de nostalgia por mi primer año de U y la Chicha y chupar en el parqueo de la Facultad.

Pasé por Ábner a las 4. Llevaba el pelo colocho engelatinado, una playera verde menta, gabardina de cuerina, jeans y calzado formal. Se miraba como un don que es taxista y admira a Laureano Brizuela. Iba a contarle sobre las llantas nuevas pero él se adelantó: ¡Danilín, ni sabe con quién me pasé platicando toda la tarde y hasta bajamos a comer juntos! ¿Wendy? ¡Cabal, Danilín! ¿Qué te dijo? Ala, hablamos un montón. Deahuevo. Pero, mire, yo no sé por qué usted dice que es caquera, conmigo se portó re linda. ¿En serio? ¡Se lo juro, un amor! Con decirle que me regaló su postre. Dicen que tiene diabetes. Pero igual, ¡viera qué manga! usted no se preocupe, ya le conseguí su número.

Ábner SIEMPRE hacía esa mierda. Si le contaba que una chava me gustaba pero que me ahuevaba hablarle porque se miraba seria o talvés tenía traido o había escuchado que conservaba su cutis humectándolo con las almas de sus pretendientes tímidos; entonces el cerote aparecía diciendo que le había hablado y que era buenísima onda “al menos conmigo, saber por qué”, haciéndote creer que podría salir con ella cagado de la risa, pero que no importaba qué tan fuerte fuera la atracción gravitacional que ejerciera esa vagina, él activaría todos los retrocohetes de su paloma para evitar la absorción. Lo haría por mí, porque éramos “carnales, me extraña”. Ugh.

Por suerte la plática sobre Wendy no duró mucho. Llamaron a Ábner y era una de sus “bebas”. Esto pasaba cuando lo llamaba una beba: él decía hola, beba. Después desataba una serie de sugestiones de tipo sensual como “ala, linda, te juro que si no estuviera trabajando -no lo estaba- y te tuviera enfrente, serías mi plato fuerte, mi postre y hasta mi antojito de medianoche”. Mientras lo decía me lanzaba una mirada de complicidad que me parecía repugnante y pensaba “¿Qué putas, cerote? ¿vos creés que soy tu aliado en esta mierda? ¿que somos bros o una onda así y que “conectamos culitos” en equipo? ¿estás tratando de construir una dinámica de Zack y Slater de Saved by the Bell? ¡Porque eso estaría demasiado mal, maifrén!”. La peor parte era cuando le bajaba volumen a mi música y decía “perdón, Danilín, es que no le escucho a mi beba”. Nunca lo golpeé, lo cual siempre incluyo en mi currículum en la sección de Logros y Diplomas.

Pasando por Florencia, Ábner y su beba dejaron de hablar. ¿Quién putas era, Ábner? Un mi osito que conocí, es hija de una amiga de mi mamá. Sí, sí leyeron bien. No fue el autocorrect: arriba dice OSITO. Si el autocorrect no estuviera hecho solo de inteligencia artificial sino también de compasión, allí diría otra cosa y ustedes nunca habrían tenido que saber que existe mara que llama a las personas que nacen con útero “ositos”.

Llegamos a la Antigua, compramos un par de Smirnoff y caminamos por el parque. Estaba socadísimo. Quería conocer chavas tanto como Ábner, pero contenía mi ansiedad bajo una fachada de “ni verga, soy muy smooth para andar de chucho”. ¡Danilín, mire esto! -exclamó Ábner emocionado. ¡¿Ya vio que montón de ositos?! ¡¡Hasta parece el Parque Yeliston!! ¿Yellowstone? ¡Simón, ese! ¿Qué va a querer: un su Yogi o un su Bubu?

Por supuesto, no le respondí. Hay una respuesta para esa pregunta, pero es tan impura que Dios la destruyó en el Diluvio.

Ábner fue a hablar con dos extrañas. Veinte minutos después, los cuatro íbamos en un tuc-tuc rumbo a la que ellas llamaban “la mejor disco de la Antigua porque no llegan capitalinos creídos sino solo mara calidá”. Supongo que soy un capitalino creído porque pienso que ese lugar era el infierno si Rakim y Ken-Y heredaran el trono de Belzeebub. Puta, sabía que no podíamos confiar en una chava con huellitas tatuadas en la chiche y que había pasado la mitad del trayecto contándonos cuando fue “la casera” de uno de los Cremas, con el orgullo con que uno contaría cuando resolvió el conflicto palestino por medio de un truco de yoyo.

Nunca vi a personas perrear con tanta convicción como la mara en esa disco. Era una apretazón pisada de cuerpos sudorosos y grasientos. Para lidiar con lo que sea que quede allí en el piso, no llega una doña con un trapeador, llega un inspector del INAB. No me importa si piensan que soy un cerote apretado, frígido y un frustrado sexual que no aprecia la sensualidad latina. Ese lugar era AHUEVANTE.

Por supuesto, Ábner y la chava con las huellitas en las chiches hicieron su aparición en la pista y comenzaron a carnobailar –un término que estoy impulsando en este espacio, y que significa la integración del carnear con el bailar en una sola acción. Con mi güisa asignada nos sentamos y pedimos chelas. Apenas hablamos.

Al rato se fue la luz y nos quedamos unos diez minutos a obscuras. De inmediato coloqué mis manos sobre la mesa esperando que no fuera un órgano genital. A modo de radar, emití un ligero grito para advertirme de algún pene cercano por medio de la ecolocación. Mi grito regresó embarazada y es hoy una digna madre soltera.

Cuando volvió la luz Ábner me hizo señas de que nos fuéramos. La chava de las huellitas en la chiche tenía novio y los había visto perrear. Después de despedirme de la dama a mi lado, abandonamos ese lugar maldito en otro tuc-tuc.

El camino era de tierra, así que le comenté al chofer lo hecho mierda que estaba. Viera cómo jode las llantas tanta piedra, usté. Hablando de llantas, Ábner ¿te conté que al fin le compré dos lla…? Danilín ¡me agarré a la beba!, le juro que jamás me habían besado así y qué rico bailaba. Qué alegre, mano, me llegaron sus huellitas.

Decidimos esta vez entrar a un lugar de capitalinos creídos. Pedimos unos Destornilladores. Ábner, ¿te acordás que desde hace ratos quería comprarle llantas nuevas al carro? fijate que hoy fui a… ¡Ala, mire esa bebota bailando sola, Danilín! Como que el deber me llama, ahorita vengo. Me quedé en la barra tomando solo. Pedí otro trago porque sabía que en el Universo existen pocas fuerzas capaces de arrancar a ese mini Chayanne de la pista. No era solo que le gustara bailar sino que sabía hacerlo. De hecho, también miraba telenovelas y una vez presencié con desagrado cómo masajeaba la espalda de una compañera; lo hizo con inmenso erotismo, una técnica depurada y unos aceites que increíblemente sacó de su mariconera.

A lo que me refiero es que Ábner había dedicado más tiempo a aprender motivos para acercarse a una vagina que un ginecólogo.

Dieron las doce. Ví cómo todos se daban el abrazo, salí al parque a ver la cuetería, caminé un rato y regresé a la disco. Ábner venía caminando con su tradicional entusiasmo y una morenita chaparra de la mano. Se había despojado de su camisa verde menta -la cual colgaba de su hombro- y a su tórax sudado tan solo lo cubría una camiseta blanca. “Danilín, le presento a mi amorsote: Loyda. Es mi novia”. Se besaron frente a mí en lo que recuerdo como el suceso amoroso más estúpido que he presenciado, y eso que un día vi a mi Pastor Alemán intentar cogerse una bolsa de basura.

A eso de las 3 am abandonamos la Antigua rumbo al Puerto. Su “novia” llamó a Ábner para recomendarle que nos fuéramos con cuidado y que mejor nos hubiéramos quedado y que tan necio que era. Él le preguntó si ya se había puesto su pashama, que cómo era, que yo iba dormido que le dijera porque quería imaginársela y que ya se sentía solo. Ella le pidió que le prometiera que la llamaría en cuanto llegáramos, así no estaba con la pena. “Me encantás y te quiero mucho, beba”.

Al llegar a la playa rentamos unas hamacas y nos echamos un pestañazo de dos horas. Nos despertamos casi al mismo tiempo. El clima estaba riquísimo, además de que ya olía a mariscos. Me sentía deahuevo. Mirando al horizonte, me dijo: Danilín, ya no me contó si le compró las llantas a la nave. Ah, sí, le compré dos, el otro mes le entro a las que faltan. Mire, pero ay se acuerda de calibrarlas, para que no se le vayan gastando de un solo lado. Simón, buena onda, Ábner.

El mar se veía fantástico.

* ¡¡Feliz Año Nuevo, mara buena onda que lee mi blog!! Mientras preparan los propósitos más ambiciosos, como escalar volcanes, encontrar el amor o hacerse la cirujía plástica para parecerse a Kim Kardashian de bebé, comiencen por estos propósitos simples para el 2015: darle like a mi página de Facebook y seguime en Twitter! :D

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