LA PEQUEÑA MARATÓN DE PORNOGRAFÍA

 

PORNO

 

La Oferta

Tavo y yo siempre hacíamos amigos en las chamuscas. A veces, estos nuevos cuates llegaban después a la cuadra para vendernos algún objeto, como un CD de tecno, una chumpa o alguna gorra chilera de los Bulls.

Estos objetos eran baratos ya que eran hueviados. Mi mamá lo sabía, por eso me puteó la vez que aparecí con un cassette de Nintendo a cincuenta quetzales y por eso, cuando llegaba algún «fachudo» con unos pelos chisgueteados en la barbilla y preguntando por mí, le decía «viera que él no vive aquí, joven. Se confundió, pase buena tarde». Luego, me hacía saber que no me pagaban colegio caro para que terminara con amigos «mareros» y que, gracias a dios, mi papá tenía su trabajo y podía comprarme mis cositas en centros comerciales como debe ser.

Una tarde un chamusquero llegó a visitarnos. Platicamos un rato, yo siempre controlando que no fuera a pasar mi mamá en el carro. El chamusquero se sacó de la bolsa un aparato, «miren chavos, les conseguí un decodificador para ver porno». «¿De qué porno estamos hablando?», consultó Tavo. «Ah járcor, papá. Todo lo que se imagine, compadre».

El mercader continuó, «agárrelo sin miedo, ese, así lo pulsea». «¿Cuánto?», preguntamos con entusiasmo. «Sesenta varandas, mijos, pero ya yá», expuso en tono asertivo. Le hicimos saber que no contábamos con dicha cifra, así que el varón cerró su venta diciendo «denme cuarenta y cinco para no hacérselas cansada». Juntando lo de los dos, ajustábamos doce. Sin embargo, nuestro proveedor demostró flexibilidad, «va, hagamos una onda: quédenselo un día, pruébenlo y yo paso mañana a esta hora para transear. Igual, yo sé que les va a llegar porque son chimes de categoría, pero si no les cuadra, me lo devuelven y no hay pedo. Me extraña».

Aceptamos y le agradecimos al caballero la oferta.

No sé qué sentía Tavo, pero yo estaba emocionado de contar con un decodificador para mirar pornografía, incluso si tenía que compartirlo. Eran los noventas pre-internet, cuando masturbarse era para un adolescente una experiencia angustiante y un acto más de persistencia que de talento. Por ejemplo, yo calculaba que mis papás se durmieran para encender la tele con el volumen, tan alto como para escuchar, pero tan bajo como para no despertarlos, y así poder nutrir mi libido con lo que los canales 3, 7, 11, 13 y a veces el 5 (que eran los que habían en mi cuarto) hicieran favor de regalarme.

Los adolescentes calientes es una audiencia a la que la televisión nacional siempre le dio la espalda, brindándonos un pobre material masturbatorio. A mí me daban las tres de la mañana intentando capturar imágenes de las piernas de María Celeste Arrarás, las cuales se desvanecían en segundos para ser substituidas por el anuncio de Puerto Barrios, o los reportajes de Primer Impacto sobre gente que nació demente y/o deforme y a quienes sus parientes mantenían enjaulados mientras las personas de la aldea les ponían apodos denigrantes.

A estos impedimentos hay que añadir mi firme creencia en que si me masturbaba mirando a María Celeste, pero en el momento de la eyaculación la cámara enfocaba algún hombre y yo hacía contacto visual con él, me convertiría en homosexual.

 

La maratón de pornografía

Esa misma tarde arrancamos nuestra pequeña maratón de pornografía, aprovechando que los papás de Tavo andaban trabajando. Compramos un galón de jugo Tampico e hicimos sándwiches con paté.

El primer cortometraje se titulaba Vanilla Ice Cream y era sobre una dama blanca teniendo sexo con cuatro hombres negros. La acción era bastante dinámica, pero Tavo y yo nos dedicamos casi solo a comentar lo grandes que eran los penes de aquellos afroamericanos.

La siguiente película era tipo casera, acerca de un hombre en una camioneta ofreciéndoles dinero a mujeres en la vía pública, a cambio de grabarlas teniendo sexo. No nos gustó. Coincidimos en que los cuerpos de esas mujeres eran demasiado normales, al punto de hacernos pensar en nuestras maestras cogiendo, y a la mierda las maestras, estábamos de vacaciones.

Para acompañar el tercer film, preparamos unos huevos revueltos. Quedaron muy bien porque Tavo les agregaba dos cucharadas de leche en polvo para que adquirieran volumen. Aunque apreciamos la intensidad de los actores en esta película, nos pareció demasiado gráfica. Los enfoques eran tan cercanos que era imposible reconocer qué estábamos observando y en dónde terminaba un cuerpo y comenzaba el otro. Nos dio asco, así que la quitamos. Mientras nos terminábamos los huevos, pusimos un partido de la Premier League.

Para entonces me sentía algo decepcionado. Estos no estaban siendo ningunos «chimes de categoría». Estas eran secuencias de gente haciendo mierdas que nadie haría con sus cuerpos.

A eso de las ocho de la noche, salimos a que nos pegara el aire y hablamos de cosas que no tenían nada que ver con la porno, ni con el sexo en general.

Le consulté a Tavo si íbamos a seguir viendo chimazón y me respondió que ni modo «¿o te ahuevás?». Yo no me ahuevaba, era solo que ya no quería ver porno. Pero volvimos a entrar, justo a tiempo para el comienzo del próximo trabajo cinematográfico.

La película arrancó prometedora: una bella pelirroja ingresaba a un cuarto vistiendo una gabardina de cuero y botas de equitación. Luego desabotonaba su gabardina revelando un cuerpo tonificado, una angosta cintura… y un cincho con un pene de hule incrustado. Nosotros no pudimos explicarnos ese evento. ¿POR QUÉ? ¿QUÉ PERSONA IBA A SALIR BENEFICIADA DE QUE UNA MUJER LLEVARA UNA PALOMA DE HULE COLGANDO? No estábamos juzgando, pero en el momento nos pareció algo conceptualmente equivocado.

Cuando la cámara enfocó a un hombre gordo sudoroso, amarrado en la cama, de espaldas, con una pelota metida en la boca e intentando gritar, decidimos ponerle fin a nuestra maratón y substituirla por la octava exhibición de Soldado Universal.

Al día siguiente le devolvimos el decodificador al chamusquero. Se lo entregamos en una bolsita Ziploc, como si entrar en contacto con el aparato fuera entrar en contacto con algo maldito como la lanza de Mammon o el sudor del gordo amarrado en la cama.

 

Epílogo

Aquella madrugada sentí algo especial por María Celeste. Cariño o algo así. Su escote me pareció sensual de una manera sutil. De ella me encantaba su fleco, su bronceado, el acento caribeño con el que pronunciaba «ahora viajaremos a la pequeña aldea de Muyupampa, en la provincia de Villa Vaca, Bolivia, en donde conoceremos al Niño Sapo».

Pero sobre todo, me fascinaba lo mucho que no llevaba puesto un cincho con una moronga de hule.


Si esta historia te provocó placer, felicitaciones: ahora sos homosexual. Si está historia no te gustó, felicitaciones: ahora sos un niño sapo. En ambos casos, buscame en  Facebook y seguime en Twitter! :D

El autor del Gif que acompaña este relato, se llama Gustavo y podés seguirlo en su página. Es tan talentoso haciendo arte, como dirigiendo maratones de porno. 

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2 pensamientos en “LA PEQUEÑA MARATÓN DE PORNOGRAFÍA

  1. Puta, yo en mi cuarto tenía una tele de 12 pulgadas en blanco y negro, de aquellas que tienen dos perillas para sintonizar canales, esa era mi ventana para ponerme en contacto con Sissy Fleit de Sábado Gigante, eran largos ratos sobándome la paloma y si… en algún momento pensé que podía volverme hueco porque mientras me jalaba el pipiriche fantaseando con aquella rubia despampanante de repente cambiaba la imágen y ponían al gordo mierda de Don Francisco y su cámara viajera…

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