MIS PERSONALIDADES ACABARON CON EL MCDÍA FELIZ

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De nuevo el McDía Feliz me tomó por sorpresa. Después de la espantosa crisis del año pasado, me había propuesto estar preparado. Pero no lo hice. Así que la mañana del 5 de octubre me levanté sintiendo temor. Más bien, Selvin Herrarte sintió temor —no puedo hablar por las otras ciento dieciséis… ciento diecisiete personalidades que cohabitan mi mente.

En la emergencia, Selvin Herarte [la más equilibrada y de mejor juicio entre mis personalidades] tomó ciertas medidas de precaución: empacó lenteja con salchicha para el almuerzo, cuidó de no pasar frente a algún Mac de camino al chance y evitó la radio. El objetivo era que “El Dubi”, La Vane y Joel, tres de mis personalidades, no se despertaran a chingarlo todo. Como hicieron el año pasado.

Lo que pasa es que ellos tienen posturas respecto al McDía Feliz que difieren en forma radical. Por lo que, cuando llega el merito día de hartar Big Macs “por los niños” surgen discusiones acaloradas entre ellos que vienen a desestabilizar mi organismo neuronal y a las ciento diecisie… ciento dieciocho personalidades que alberga.

Ya en la ofi el plan era simple: poner música relajante de Enya o canciones folclóricas del Perú (seleccionadas con esmero por Miss Diana [una de mis personalidades, quien gusta de comprar inciensos en De Museo y de hablar de bebés ángeles]) y concentrarme en mi labor como evaluador de proyectos para una constructora (entre mis personalidades cuento con un programador que fuma demasiado, una brillante ingeniera ambiental que habla bastante sobre lobos y un auditor que nunca ha amado y ellos tres se coordinan para realizar nuestro trabajo con profesionalidad y solvencia).

Sin embargo, el plan comenzó a desmoronarse por culpa del entusiasmo de Mayra, que es la administradora en la oficina y una persona real y material ajena a mí. Ella me sacudió de los hombros diciendo “Ala, Wicho, verdá que cómo sos, por qué trajiste almuerzo si hoy es el McDía Feliz y todos vamos a ir a comer juntos”.

Selvin Herrarte se inquietó deseando que Mayra se hiciera sho y también Giovani [mi personalidad que es un experto del estilo] pensó que sería bueno que Mayra se hiciera sho y que además fuera cambiando ya esos terracotas de sus blusas por algo que ilumine más su rostro tan de por sí pálido.

Dorian [mi personalidad que es un fetichista de los pies] coincidió en que solo tragedias podían avecinarse si Mayra seguía gritando acerca de ir al McDía Feliz y luego procedió a bajar la mirada para confirmar qué tipo de calzado llevaba puesto.

A los pocos segundos de que Mayra y sus pies expuestos regresaran a su escritorio, se despertó Joel [el de las buenas intenciones] y nos compartió a todos su opinión “Qué alegre, muchá. Es el McDía Feliz. Hoy sí que están bien justificadas unas lonjitas de más porque es por una buena causa”.

De inmediato, una perturbación en mi psique anunció el despertar de La Vane [la anarco-activista] quien respondió con vigor “De veras que estás PISADO vos Joel. Te pican las manos por regalarle nuestro dinero a las transnacionales y a los oligarcas. A ver si nos vamos informando un poco, papaíto. A ver si, en lugar de mendigarles, vamos exigiéndoles salarios dignos a esos hijos de puta y que su comida no sea VENENO”.

Haciendo una entrada modesta, “El Dubi” [a quien le fascinan las Big Macs y que no sabe lo que es una “ideología”] dijo “Yo lo que digo es que una hamburguesita siempre cae bien, ¿o no?”.

Los disentimientos se fueron acumulando conforme se acercaba la hora del almuerzo y se intensificaron de camino al McDonald’s El Frutal —los motivos por los que acepté ir con Mayra y los demás fue porque, primero, las lentejas eran del viernes pasado y ya olían algo gacho y porque, desde la vez en que nos quedamos hasta tarde en la oficina y Gudiel [mi personalidad que es un pirómano] habló de lo majestuosas que se verían las llamas consumiendo el inmueble, preferimos no almorzar solos.

“Pues si no te gusta lo que hace Mac, entonces no comás y ya. Pero dejanos LIBRES a los que sí queremos ayudar”, se escuchó que le exponía Joel a La Vane, ignorando que ambos compartían el mismo estómago y el mismo sistema digestivo.

“Es que ese no es el punto, mano. ENTENDÉ. Esas empresas se zafan de impuestos con estas sus actividades. Ah pero ay vamos, de majes, creyendo que ayudar quieren pero: AQUÍ ESTÁ MIRÁ”, quiso enfatizar La Vane, olvidándose que era un ente puramente neuronal y por lo tanto carecía de dedos para ilustrar con señas lo de “AQUÍ ESTÁ MIRÁ”.

“Ay muchá, siempre la misma babosada con ustedes. Vonós a darnos un Big Mac y ya estuvo. Haya esos tales «oligarcas» que dice La Vane mirarán qué hacen con el pisto. Y si, de paso, ayudamos a unos patojitos, mejor. Yo lo que sí sé es que tengo hambre, chavos”, concluyó “El Dubi” elevando algunos aplausos entre las ciento veintitrés personalidades presentes.

“Hay pocas cosas tan ensordecedoras como el silencio”, añadió Dámaris [la que se comunica solo con citas de Mario Benedetti, aunque no sean apropiadas].

A la entrada del Mac, unas chicas bailaban en trajes ajustados la canción de Shakira, Carlos Vives y Shakira [mi personalidad que asegura ser la verdadera Shakira], mientras dos conductores de tele emocionaban a los visitantes.

“POBRECITAS. Cómo les ponen esas botas horrorosas, ni que estuvieran en la nieve”, juzgó Giovani.

“Ya vas vos también a criticar. De verdá que con nada se queda bien con la gente”, dijo Lisbeth [la personalidad que quisiera tener un cuerpo para ponerse un vestido verde] reflejando una posición decididamente pro-McDía Feliz.

“Puchis vos. Yo no ando alegando nada. Solo dije que no me gustan las botas. Porque son botas feas y no me gustan, vaya”, se defendió Giovani.

“Cuando no la Lisbeth dándose baños de pureza. Ay déjenla que hable, muchá. Después de que JAMÁS de ella ha nacido ayudar a alguien”, vociferó Fede [mi personalidad que lleva años colgado de La Vane].

“Bájele, mi amigo. Si aquí todos estamos para pasar un rato alegre y platicar como fragmentos de la mente de un individuo civilizado que somos y comernos un nuestro panito en paz de Dios. Mire tanta gente que no tiene ni qué comer y nosotros todavía alegando”, comentó Don Misael [mi personalidad que se sabe de memoria cada alineación de Brasil en los Mundiales].

“¡Usté mejor ya vaya a acostarse, don Misa, ya es tarde hombre!”, gritó a lo lejos Érica [mi personalidad que disfruta burlándose de las personalidades de la tercera edad].

Intentando hacer un llamado al civismo, Maco [mi personalidad que ha construido su hombría en torno al consumo de cerveza pero que, en el fondo, lo que disfruta son las bebidas dulces] dijo “Con respeto, cuates. Por qué no nos comemos nuestra hamburguesa tranquilos y pedimos unas chelitas… ah no va, aquí no venden. Ni modo, aunque sea uno de esos néctares de mora. Pero en convivencia”.

Su intento fue inútil. Para cuando le di mi primer mordida a la Big Mac, rodeado de mis compañeros de oficina, en mi cabeza había estallado una guerra civil en la que algunas de las personalidades fueron llamadas “radicales”, “populistas”, “lamebotas del Imperio Yanqui”, “huecos”, “apologistas del genocidio” y “coches”, entre otros insultos.

Hasta Selvin Herarte había perdido la compostura y le había gritado “mediocre” a Dorian, que ni siquiera era parte de la discusión porque estaba ocupado imaginando que el dedo gordo del pie de Mayra penetraba su boca.

“¡Todos ustedes, culeros, son una masa de alienados! Ojalá disfrutan de esa su mierda TRANSGÉNICA”, exclamó La Vane.

“¡Es cierto, Vane!”, agregó Fede y de inmediato su voz fue callada por el puño de Jorge [mi personalidad que en su niñez dibujaba centauros-piratas] que le dijo “Siempre me has caído mal, pisado”.

Le siguieron más golpes. Muchos. De ambos bandos y desde todas las direcciones.

Y en una esquina de mi mente, “El Dubi” lloraba buscando consuelo entre los brazos de la brillante ingeniera ambiental que le mencionaba que la demencia de atacarse entre su misma especia era algo que los lobos nunca harían.

Mirando la catástrofe, Ovidio [el aficionado al History Channel] reflexionó en voz alta “Así se destruyó Roma” y Gudiel gritó demandando que algo ardiera.

Fue en medio de aquel caos que recordé por qué, desde temprana edad, había empezado a confeccionar personalidades y a superponerlas unas sobre otras. Había sido para protegerme de “él”, para sumergirlo al fondo de mi subconsciente. Pero entonces “él” despertó y comenzó su ascenso, guadañando mi psique y exterminando una a una a mis múltiples personalidades.

Hasta que solo quedó él: ADARPAK-AL-BEKTURM [el que habrá de rediseñar la Civilización]

“Va, solo un traguito a mi néctar de mora, pues. ¡Amo los néctares y detesto el sabor amargo de la chel…!”, se escuchó la revelación final de Maco, antes de apagarse para siempre. Y con él, la última de mis personalidades.

Entonces yo, ADARPAK-AL-BEKTURM, me elevé escupiendo luz por cada uno de mis orificios. Floté hasta el centro del parqueo de McDonald’s El Frutal y comencé mi ascensión. A ochocientos metros del suelo exploté, y mi cuerpo se transformó en una lluvia de McRibs. Y la gente se sintió complacida.

Pero aunque estos McRibs conservaban el sabor único de los McRibs, eran diferentes. Los McRibs de mi cuerpo eran un producto saludable, de propiedades curativas y además infinitos, y gratis. Ni siquiera eran “hamburguesas”, eran “hamburguesus” pues se originaron en una dimensión post-racial-post-género.

Así fue como los McRibs que salieron de mi cuerpo acabaron para siempre con la obesidad, las enfermedades infantiles, el capitalismo, los conceptos de género y raza, los McDías Felices y la chingadera de Mayra con que vayamos a los McDías Felices.

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